
En las montañas de la Cordillera Central de España, en el pueblo de El Tiemblo, en el año 1468, la reina Isabel fue coronada Princesa de Asturias y heredera de la corona de Castilla. Allí se firmó el Tratado de los Toros de Guisando, un grupo de enigmáticas esculturas de granito, probablemente representaciones de toros, esculpidas entre los siglos III y VI. Estas figuras reposan en las colinas de Ávila, en el corazón de una región vitivinícola de gran tradición: Gredos.
A mediados del siglo XVI, Santa Teresa de Ávila (también conocida como Santa Teresa de Jesús) recorría los claustros de su convento. Poeta y escritora mística, su fe ardiente inspiró obras como Me Muero Porque No Muero, donde plasmó el dolor de su existencia terrenal y su anhelo de unirse con Dios.
Al mismo tiempo, al otro lado de la sierra, El Greco daba vida a algunas de sus pinturas más emblemáticas. Con su pincel capturó la esencia de Toledo en "Vista de Toledo", la majestuosidad espiritual en "La Asunción de la Virgen" y la trascendencia de la fé en "El Entierro del Conde de Orgaz", obra maestra que sigue colgada en la Iglesia de Santo Tomé en Toledo tras casi 500 años.
Estos personajes, al igual que miles de habitantes de la época, contemplaban las montañas desde sus ventanas, cabalgaban por sus senderos y brindaban con los vinos de Gredos. Una tierra de raíces vitivinícolas profundas, donde se elaboraban vinos para la corte del rey. Aunque Gredos no es una Denominación de Origen, su prestigio sigue intacto. La zona se divide en tres DO dentro de tres provincias: DO Cebreros (Ávila), DO Méntrida (Toledo) y DO Vinos de Madrid (Madrid).
Viñedos viejos de altura en la Sierra de Gredos
La tradición vinícola de Gredos se remonta a los romanos y, más tarde, a los monjes medievales, quienes abastecían a la corte española. La calidad de los vinos y su ubicación, a solo 80 kilómetros de Madrid, eran ideales para enviar vinos a la corte. Sin embargo, con la llegada del ferrocarril a finales del siglo XIX, los vinos de La Mancha, más abundantes y baratos, desplazaron a los de Gredos.
Luego, como en tantas otras regiones, la plaga de la filoxera arrasó con los viñedos, marcando el declive de una tradición milenaria. Muchas variedades desaparecieron, y la replantación se vio obstaculizada por la falta de recursos y la migración hacia las ciudades. No obstante, este abandono tuvo una consecuencia inesperada: España se convirtió en un refugio de viñedos viejos, muchos de ellos en terruños excepcionales. Hoy, una nueva generación de enólogos ha regresado a estas tierras mágicas, recuperando su esplendor vinícola con un nivel de calidad sin precedentes.
¿Quién fue el primero en re-descubrir éste tesoro olvidado? Telmo Rodríguez, revolucionario enólogo de Remelluri (en Rioja Alavesa), que llegó a San Martín de Valdeiglesias en 1998-1999 y encontró viñedos trabajados con técnicas casi medievales. A pesar de la modernización en otras regiones, en Gredos la viticultura permanecía prácticamente intacta - suelos sin intervención y viñas viejas en parcelas pequeñas a las que solo se puede llegar a pie.
Poco después, llegaron proyectos como Canopy, Jiménez-Landi, Daniel Ramos, Bernabeleva, Marañones, Comando G y Ca’ di Mat, que elevaron la garnacha de Gredos a niveles de excelencia. Éste último, Ca' di Mat, estará disponible en México por primera vez éste mes!!
La Sierra de Gredos es hoy reconocida por su garnacha de altura, una expresión singular de esta uva. La altitud — casi 700 metros sobre el nivel del mar— garantiza noches frescas, aportando estructura y acidez a los vinos. El suelo, una combinación de granito y pizarra, junto con viñedos que van desde los 50 años, a más de 100 años de edad, imprimen a los vinos un carácter único. Aquí, la garnacha no recuerda al Ródano, con sus notas de frambuesa madura y pasas. No. La garnacha de Gredos evoca a Borgoña: vinos puros, delicados y perfumados, con aromas de rosas, violetas, lavanda, incienso, tomillo y anís. Estos son garnachas de altura y son vinos etéreos que seguramente a México le van a encantar!
La Sierra de Gredos ha sido un territorio vinícola de renombre desde tiempos inmemoriales. Sus vinos, disfrutados en la corte del siglo XVI, vuelven a brillar en el siglo XXI. En estas montañas, donde alguna vez cabalgaron reyes y soñaron santos y artistas, hoy se elaboran algunos de los vinos más cautivadores de España.